un sentido patrimonial de España (Juan Antonio Molina)
¿Será Pedro Sánchez el primer presidente del gobierno imputado?
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El histórico líder del Partido Radical italiano, Marco Pannella, utilizó la famosa frase de no querer "jugar con tahúres" para justificar el abandono simbólico de sus escaños en el Parlamento a principios de los años 80. Esta drástica acción se produjo en el contexto de las batallas políticas de los radicales contra el sistema de reparto de poder (el llamado manuale Cencelli) y el sistema de corrupción institucionalizada.
Pannella denunciaba que la política italiana no se basaba en la confrontación democrática, sino en un juego de cartas amañado en el que ellos se negaban a participar. ¿Puede sobrevivir una democracia en los entresijos y cornijales de una vida pública donde las cartas están marcadas? La carencia inducida y sumariamente vertebrada de la confrontación democrática conduce a una reorientación fáctica del equilibrio entre los poderes del Estado.
La justicia en España no es que haga política, sino que practica la única política que parece posible: controlar al ejecutivo, mediante la criminalización de los entornos o aliados del gobierno
El fiscal general, condenado sin pruebas; la mujer del jefe de gobierno, imputada en una instrucción evanescente, el hermano de Sánchez, igual; el ex presidente del gobierno, Zapatero, imputado; Rajoy y Cospedal, protegidos por los jueces a pesar de las pruebas en contra sobre la corrupción en el PP y mentir descaradamente como testigos; Koldo y Ábalos en la cárcel sin saber dónde está el dinero que dicen los autos judiciales que mangaron; Aldama de vacaciones de lujo a cambio de inventarse maldades sobre el presidente del gobierno; Ayuso diciendo barbaridades e insultando a destajo aquí y en México y un novio al que no se quiere juzgar y un jefe de gabinete, que afirma que Sánchez “va pá’lante” aludiendo a “informaciones privilegiadas”.
Para José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo, el criterio usado por algunos jueces siempre es el mismo: se busca una interpretación expansiva de la ley que pasa por encima de la división de poderes y que permite a los tribunales procesar y condenar a políticos, casi siempre de izquierdas o nacionalistas.
La justicia en España funciona con eficacia desde los parámetros ideológicos que apuntaló la transición como itinerario irreversible de un postfranquismo adicto a los espacios psicológicos y materiales de ancien régime. Unidad de poder y coordinación de funciones en los funerales de Montesquieu.
La justicia en España no es que haga política, sino que practica la única política que parece posible: controlar al ejecutivo, mediante la criminalización de los entornos o aliados del gobierno bendiciendo a Foucault, al legislativo obturando la aplicación de las disposiciones aprobadas por los diputados y todo ello desde un poder judicial blindado mediante un férreo corporativismo.
Y como epifenómeno necesario los mass medias insinuadores. Bill O’Reilly, unos de los presentadores más conspicuos de la cadena ultraconservadora Fox News, le espetaba al presidente Obama sobre el asalto a la embajada estadounidense de Bengasi: “Sus detractores sostienen que usted ha ocultado el hecho de que se trataba de un ataque terrorista debido a las necesidades de su campaña electoral. Eso es lo que piensan”.
A lo cual el presidente replicó: “Y lo piensan porque se lo dice gente como usted”. “Lo que dice gente como usted” es el sujeto comunicacional del que nos hablaba Hegel, el que le da forma a unos hechos para arrojarnos la construcción de esa realidad y mostrárnosla como quiere que la veamos.
¿Este puede ser el daguerrotipo de una democracia estable o simplemente de una democracia? La historia de España, la peor de todas las historias, según Gil de Biedma, porque termina mal, es la crónica de una permanente decadencia. Hasta en las épocas de supuesto esplendor, el germen del ocaso se intuía incrustado en los más sensibles intersticios de la nación. Ya la había adelantado Quevedo cuando le confesaba a un amigo: “Esto no sé si se va acabando ni si se acabó, que hay muchas cosas que pareciendo que existen, ya no son nada.”
Es la pandemia de una frustración consuetudinaria para construir un auténtico Estado nacional, en lugar de un Estado inhábil, desde Felipe II, para constituirse sobre bases políticas y no ideológicas y, por tanto, al servicio estamental de las minorías dominantes. Según Javier Alfaya, esa necesidad de expulsar al otro era una de las características más terribles del régimen.
El núcleo de los cristianos viejos, ese macizo central de la raza poseía y en buena medida sus herederos lo siguen poseyendo, un sentido patrimonial de España.
No existe vicio político más contraproducente que hacer la historia sin razón histórica, lo que conduce a la arteriosclerosis de una sociedad constreñida en una fase destinada a pasar. Se procuró en la transición una democracia débil que preservara los intereses económicos y estamentales latentes en una remozada oligarquía caciquil, vertebrándose un sistema mediante la desconfianza al escrutinio de la sociedad y contra el pensamiento a cambio del derecho positivo y la escolástica.
Ello demandaba un concepto también oligárquico de las instituciones y los partidos para evitar la penetración del pensamiento crítico e ideológico y mantener el sistema a través de un pragmatismo adaptativo al régimen de poder fáctico. Este es el orden que derecha y togados creen que deben defender y para ello, ¿se imputará también a la democracia?




