el model Dinamarca de política immigratòria
Cuando Dinamarca endureció su política migratoria
nytimes, 24-XI-25
El gobierno laborista de centro-izquierda de Reino Unido causó revuelo la semana pasada al anunciar nuevas y duras normas para los solicitantes de asilo.
La propuesta sometería el estatus de refugiado a revisiones frecuentes y dificultaría aún más las estancias prolongadas: obtener la residencia permanente tomaría al menos 20 años. También incluye políticas que algunos críticos han calificado de “crueldad performativa”, como confiscar joyas a los solicitantes de asilo para ayudar a cubrir los costos de alimentación y alojamiento.
El primer ministro Keir Starmer intenta responder a una pregunta que atormenta a muchos gobiernos centristas en este momento de auge populista: ¿cómo responder a las preocupaciones de los votantes sobre la inmigración sin traicionar a los valores liberales?
Los laboristas obtuvieron una victoria contundente en las elecciones del año pasado. Desde entonces, sin embargo, el partido de extrema derecha Reform UK ha logrado una ventaja de dos dígitos en las encuestas, argumentando que un exceso de inmigración está destruyendo la cultura y la identidad británicas, y está agotando los servicios públicos.
Pero la política de Starmer no está inspirada en la derecha. Está inspirada en Dinamarca. Allí, un gobierno de centro-izquierda se ha mantenido en el poder y ha frenado el impulso de la propia extrema derecha danesa, argumentando algo no del todo distinto: que limitar la inmigración es, de hecho, un requisito previo para un estado de bienestar sostenible.
El Reino Unido es simplemente el país más reciente en interesarse por el “modelo danés”. Países Bajos, Alemania y Suecia también han estudiado a Dinamarca. La ironía es que, en la propia Dinamarca, quizá estemos viendo ahora las limitaciones de ese modelo.
Una disuasión eficaz
El corazón del enfoque danés sobre el asilo es la disuasión. Dinamarca intenta hacer la vida tan difícil a los solicitantes de asilo que prefieran simplemente no venir.
Por ejemplo, fue Dinamarca quien aprobó en 2016 una ley para confiscar objetos de valor a los solicitantes de asilo y así cubrir sus costos de vida. Las prestaciones también se han recortado drásticamente. El proceso de asilo se ha vuelto más largo y más precario. Los solicitantes corren el riesgo de ser devueltos si sus países de origen se consideran seguros. Obtener la residencia permanente lleva al menos ocho años.
Hay algunas pruebas de que está funcionando. Mi colega Jeanna Smialek, que acaba de estar en Dinamarca, me contó que el número total de solicitantes de asilo en el país había disminuido. En 2015, unas 21.000 personas solicitaron asilo allí. Esa cifra descendió a poco más de 2000 el año pasado. El descenso se produjo mientras disminuía el número de solicitantes de asilo en toda Europa; Siria ya no está en guerra, lo cual influye. Pero la reducción en Dinamarca fue más pronunciada. (Mira arriba mi conversación con Jeanna).
Esto ha dado sus frutos políticos, al menos por un tiempo.
La primera ministra Mette Frederiksen ha logrado sobrevivir a la oleada contraria al gobierno. En general, se considera que sus políticas han negado oxígeno a los partidos de extrema derecha en uno de sus temas más destacados.
Y la propia Frederiksen ha sostenido que estas medidas le han permitido preservar el célebre estado de bienestar danés.
Demasiados migrantes, afirma, erosionan el sentido de pertenencia nacional que sustenta la disposición de la población a aceptar los altos impuestos necesarios para financiar los servicios públicos. Por lo tanto, sostiene, una línea dura en materia migratoria, lejos de ser un guiño a la derecha, es un requisito previo para una agenda progresista.
Todo esto ha convertido el enfoque danés en una suerte de modelo para otros gobiernos centristas e incluso progresistas que buscan sobrevivir en una era populista.
Una reacción negativa de la izquierda
La semana pasada, sin embargo, al partido de Frederiksen le fue mal en las elecciones municipales y perdió el control de la capital, Copenhague, por primera vez en más de un siglo. Muchos votantes de la ciudad abandonaron a los socialdemócratas en favor de un partido más a la izquierda. Algunos le dijeron a Jeanna que consideraban crueles y racistas las políticas migratorias del gobierno.
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| Sisse Marie Welling, nueva alcaldesa de Copenhague Mads Claus Rasmussen/Agence France-Presse — Getty Images |
Los críticos han señalado que, con el tiempo, las políticas destinadas a hacer que los migrantes indocumentados no se sientan bienvenidos también han afectado la forma en que se sienten los migrantes con estatus legal.
Y los recortes de ayudas para los solicitantes de asilo ya han provocado un aumento del número de refugiados que viven en la pobreza, según un experto danés en migración, lo que ha contribuido a un aumento de la delincuencia y a peores resultados en la educación.
Este tipo de políticas, dicen los expertos, introduce una tensión entre dos objetivos: disuadir a los migrantes de venir e integrar a los que ya están en el país. Esa tensión podría ser aún más pronunciada en un país como el Reino Unido, que tiene una población mucho más diversa y depende de migrantes legales para cubrir las necesidades de su debilitado sistema de salud.
Todo esto plantea la pregunta: ¿puede el “modelo danés” servir realmente de modelo para alguien más?
Dinamarca es un país pequeño. Tiene unos seis millones de habitantes, menos de los que viven en Londres. Es relativamente homogéneo desde el punto de vista étnico. Así que lo que funciona allí puede no trasladarse a países que han acogido a migrantes y a sus descendientes durante generaciones.
Los socialdemócratas daneses esperan que las pérdidas sufridas en Copenhague —con su población desproporcionadamente rica, joven y urbana— se compensen con el apoyo de los votantes de tendencia más conservadora en el resto del país.
La prueba decisiva será la elección nacional de 2026. Otros gobiernos europeos estarán muy atentos.





